El Masoquismo

Seguimos con las lecturas del libro “La servidumbre sexual masculina”, lo más interesante de todo esto es que entre todos podamos debatir acerca de lo que hablan en el libro, si bien es cierto como apuntaban algunos lectores, no podemos olvidar cuándo se escribió la 1ª edición, en algunos casos estaría obsoleto, pero en otros no tanto, ha pasado mucho tiempo y el tema no ha avanzado tanto.

El masoquismo está caracterizado por una conducta notoriamente aberrante, y es por consiguiente una perversión, mientras que la servidumbre sexual, mucho menos notable no es más que una simple desviación y no una perversión.

Krafft-Ebing dedica un amplio espacio al masoquismo en su “psychopatia sexualis” y definió el masoquismo como “una peculiar perversión del psiquismo sexual” que domina todos los pensamientos y sentimientos sexuales del individuo, manifestándose como una obsesión por la idea de someterse de forma total e incondicional a la voluntad de una persona del sexo contrario, que le habla imperativamente, le humilla y le maltrata. Ademas esta idea ya acompañada de representaciones libidinosas. Con frecuencia, esa perversión de su instinto sexual le hace más o menos indiferente a aquellos encantos del sexo opuesto que atraen a los demás hombres e incapaz de una vida sexual normal. Es un impotente psíquico, pero esa impotencia psíquica  no es causada por un horror al sexo femenino, sino únicamente porque el instinto perverso busca una satisfacción distinta de la normal; es decir, sirviéndose de la mujer, pero no mediante el coito.

“La orientación del instinto sexual hacia un mundo de representaciones de sumisión al sexo opuesto y malos tratas infligidos por el mismo”, dejando aparte que dicha definición olvida la posibilidad de que una persona sea al mismo tiempo masoquista y homosexual, caso que no es excepcional, resulta que podemos distinguir en ella dos factores distintos: el de la sumisión por una parte y el de los malos tratos por otra.

No obstante, la observación y la experiencia enseñan que el masoquismo, en el sentido dado por Krafft-Ebing, de perversión indisolublemente relacionada con el dolor físico, es fundamentalmente distinto del deseo de someterse al oponente, esto es, la servidumbre sexual, sobre todo porque esta ultima es muchísimo más frecuente. No podemos indicar cifras exactas, pero no sería equivocado afirmar que por cada mil sumisos aparece solo un auténtico masoquista. En principio, podemos decir que todo masoquista es ademas un sumiso, pero que muy pocos sumisos son también masoquistas.

Por lo regular, el masoquista es al mismo tiempo fetichista. Como el fetichista, el masoquista se ve obligado a realizar con muchas fatigas y derroche de imaginación la “escenificación” de las situaciones que necesita para satisfacer sus deseos sexuales, que  a ambos les interesa únicamente el acto sexual en sí (aunque, naturalmente, ese acto no sea el del coito). Esto les distingue de los sumisos, quienes generalmente buscan entablar unas relaciones de cierta duración. El verdadero masoquista encuentra con facilidad la ocasión de realizar sus fantasías (por lo común, recurriendo a los servicios de una prostituta); en cambio, el sumiso ha de conformarse muy a menudo con recurrir a su imaginación y soñar despierto.

Otra de las diferencias es que para el placer del fetichista desempeñan un papel importante ciertas partes del cuerpo, como por ejemplo los pies, las piernas, los pechos, o también objetos como las pieles, las ropas, los zapatos; mientras que para el masoquista, los accesorios análogos somo látigos, espuelas, cuerdas o correas nunca tienen más que un valor secundario. Lo que importa primordialmente es la situación y su puesta en escena.

Bajo su forma extrema, el masoquismo es una perversión auténtica, y el verdadero masoquista es un hombre que sólo puede lograr la satisfacción sexual -y ese “sólo” es lo que importa en definitiva- siendo objeto de humillaciones, sevicias y torturas físicas. Al ocuparnos del masoquismo hemos de evitar el error, tan frecuente, de considerar la ocurrencia de algunos actos perversos aislados como prueba de que existe una verdadera perversión. En los instantes de excitación sexual más intensa, es decir, antes del acto sexual y durante el mismo, proporcionan un considerable placer ciertas acciones (ligeramente) dolorosas, como arañazos, pellicos o mordeduras. No por eso es masoquista el hombre ni sádica su compañera, por lo que no deja de causar cierto asombro que las mordeduras amorosas, descritas con tanta frecuencia en las obras poéticas, sean interpretadas como signos de masoquismo por parte de quien las recibe y de sadismo por parte de quien las da. Tampoco es necesario recordar que también tienen lugar actos parecidos en el reino animal; en realidad basta con incluirlos entre las variantes del juego erótico, dentro del cual, como es sabido, ocurren con frecuencia actos perversos de todo tipo, aunque en forma no compulsiva. El individuo de comportamiento sumiso tampoco los rechaza, o quizá los practica con mayor placer incluso, pero no desempeñan un papel fundamental en su vida erótica.

Baste decir que es más fácil comprender el masoquismo que la servidumbre; la perversión sexual no es, con mucho, tan enigmática como la desviación.

El masoquismo debe partir del hecho básico de que es esencial en esta perversión el dolor voluntariamente sufrido. El dolor es de primordial importancia: si no es deseado, provocado, sufrido, gozado, si es soportado únicamente como signo de sumisión, entonces no nos hallamos ante un caso de masoquismo, sino de servidumbre.

El autentico masoquista se ha distanciado a tal punto del módulo sexual que debemos considerar normal que el acto sexual natural, el coito, esté prácticamente excluido de su vida erótica. El masoquista no intentará el coito a menos que su dueña y señora le ordene que la “complazca”: en cuyo caso generalmente será capaz de llevarlo a cabo; pero por lo general, la satisfacción sexual será conseguida por medio de acciones sucedáneas, entre las cuales figura en primer lugar la masturbación, realizada de preferencia por orden de la tirana. El cunnilingus es, por decirlo así, casi obligado, igual que el besar los pies, como ya se deduce del fetichismo del pie observable en casi todos los masoquistas. Tampoco son raros los contactos oral-anales. Finalmente, son muy poco frecuentes los casos en que se logra el orgasmo exclusivamente a través del dolor, o sea mientras se le administran al masoquista golpes, latigazos o bofetadas.

Las posibilidades de elección que,  como veremos más adelante, se le ofrecen al sumiso en su búsqueda de una dueña y señora que le domine, faltan en el caso del masoquista, suponiendo que éste busque algo más. Desde luego es difícil, aunque no imposible encontrar a la mujer cuya ayuda necesita el masoquista para lograr el placer en la forma a que su perversión le obliga.

Todo acto masoquista -definido, como ya hicimos notar varias veces, por el dolor experimentado en forma de placer- contiene un elemento de sumisión, y de esa sumisión del hombre a la voluntad de la mujer, es decir, de la servidumbre masculina.

4 comentarios en “El Masoquismo

  1. Miku

    ¿Qué cantidad de matices y detalles muestra este texto! Muy interesantes desde muchos puntos de vista. Incluso sobre la fisiología del dolor sobre lo que se estudió mucho más profundamente después.
    Y luego para concluir que el masoquista expresa su entrega al ofrecerse y servir a la mujer que necesita. Será que simplemente consiste en vez el grado de dolor que se ha de recibir y, sobre todo, el que la mujer está dispuesta a infligir 🙂
    Me pongo a buscar el libro. Este tío es muy grande

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