La Servidumbre

La servidumbre masculina no es una perversión, sino una desviación sexual consistente en que el hombre, a causa de una orientación anormal de su instinto, se subordina y se somete a la mujer en la vida sexual y a veces más absolutamente aún, en todos los asuntos de la existencia.

Cuanto más nos ocupamos de la servidumbre, descubrimos que en realidad es mucho más enigmática y extraña que el masoquismo y el sadismo.

Sentirse como un “esclavo postrado en el polvo” es por decirlo así uno de los deseos favoritos del sumiso, quien suele expresarlo sobre todo en sus cartas: generalmente, los sumisos demuestran una gran actividad epistolar. Es un deseo que se realiza con frecuencia aunque se prefiera prescindir del polvo para ahorrar complicaciones; el postrarse con el rostro contra el suelo y oculto entre las anos era y sigue siendo la postura clásica del vasallaje. Fue desconocida de los griegos y romanos hasta que, introducida en Bizancio a imitación de los persas, recibió allí el nombre de “proskynesis”

En primer lugar, uno de los deseos típicos de todo sumiso es que se le exijan servicios. Siempre está dispuesto a hacer algo por su dueña. Su placer será tanto mayor, cuanto mas arduos o incluso humillantes sean los servicios exigidos, y con no poca frecuencia éstos constituyen el contenido auténtico de las relaciones entre el sumiso y su dominadora.

El sumiso suele ser un individuo de carácter débil, aunque no siempre, pero -al contrario de lo que ocurre con los sádicos- no es frecuente que posea inclinaciones criminales. Hasta el esclavo más humilde y más obediente se convierte de inmediato en un ciudadano normal cuando su dueña e exige dinero. Está dispuesto a sacrificarse de muchos modos, pero se opone categóricamente a toda manda pecuniaria. No es equivocado ver en tal paradoja uno de los rasgos más curiosos de la servidumbre.

Las relaciones entre un sumiso y su dueña evolucionan en el sentido de una mutua adaptación, la cual ocurre espontáneamente y sin necesidad de más palabras. Si al principio predomina el aspecto sexual de las relaciones, más tarde el compromiso, la mutua tolerancia intervienen también en los problemas prácticos de la vida. No hay sino un solo peligro, y aun éste es de poca importancia: el instinto de la frivolidad femenina. La inclinación al juego erótico siempre existe y apenas significa un factor peligroso; pero si en la mujer adquiere fuerza el deseo de averiguar hasta dónde será capaz de llegar el sumiso en su pasividad, haciéndole sufrir exigencias y humillaciones de toda clase.

El sueño vigil

La ensoñación es la poesía de quienes no poseen el talento de escribirla. Está indisolublemente unida a la servidumbre. No hay ningún sumiso que no tenga la costumbre de soñar despierto.

El sumiso permanece consciente de que nunca podrá realizar todas las situaciones y puestas en escena que con frecuencia se representa hasta el más mínimo detalle y en realidad tampoco lo desea, porque a menudo sobrepasan todo lo que estaría dispuesto a soportar en cuanto a humillaciones y degradación. En lo esencial giran siempre alrededor de una déspota, orgullosa, inaccesible, inexpugnable, que se niega a prestarse al acto sexual normal y en su lugar exige toda una serie de actos más o menos perversos y extravagantes. El aspecto fisico de la dominadora, el medio en que vive, ama y reina, el modo con que imparte sus órdenes: todo eso es evocado y adornado por la imaginación con gran lujo de detalles.

El sumiso no es, desde luego, un individuo perverso, pero su desviación puede ser lo suficientemente acusada como para plantearle la necesidad de ser al mismo tiempo autor y director de la escena que es su manera de alcanzar el placer. Contrariamente al masoquista no necesita convertirse en actor. El masoquista cae en los accesos de su perversión de una forma ocasional y esporádica; el sumiso es constantemente fiel a su desviación, y en consecuencia tendría que estar representando la comedia durante toda su vida, lo cual es imposible.

La excentricidad del comportamiento sexual causada por la servidumbre, hace necesario que el sumiso modifique, escenifique, sus relaciones con la mujer a quien quiere servir como dueña y señora. El autentico sumiso lo realiza incluso de una forma instintiva; no deja de resultar paradójico que sea el mismo individuo que renuncia a asumir el papel de director en las relaciones sexuales, quien tenga que asumirlo a pesar de todo para disponer la escenificación.

Al sumiso le interesa mucho más ir configurando sus relaciones con la dominadora de un modo duradero, llegar a crear una base común para la vida de ambos.

Dentro del campo de lo real existen, por otra parte, dos actitudes que casi nunca dejan de manifestarse en el sumiso: la de servicio y la de sacrificio

3 comentarios en “La Servidumbre

  1. Miku

    Divertido e interesante tanto en lo que me parce realmente coherente como asus convicciones algo más disctibles.
    Lo del acto sexual y la ensoñación pues, ¿qué decir?
    Eso sí, me he partido con lo de que un sumiso se convuiirete en “ciudadno normal” cuando le piden dinero

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