BDSM: ¿nos tiene que alarmar?

La representación de fantasías de dominación-sumisión ¿promueve la violencia hacia las mujeres? Ante las recurrentes polémicas y críticas a productos culturales que representan estos deseos y prácticas, reflexionamos sobre la percepción del BDSM como un peligro.

 

Collage: Señora MIlton

En ‘Papi’, la autobiografía de la actriz porno Madison Young, se puede leer que a ella y a su chico les gusta jugar a menudo -sexualmente hablando- como si ella fuera una niña de 8 años. ¿Cuántas alarmas enciende eso? Puede chocarnos la edad de la niña que la actriz “representa”, la infantilización, su chico excitado por ese rol de niña pequeña, una relación heterosexual en la que ella es sumisa, que ella sea feminista, que ella lo escriba y publique…

Si hay algo que el BDSM siempre tiene es la inmensa capacidad de ponernos en guardia ante representaciones de actos, situaciones, roles y estereotipos que nos encienden todas las alarmas: comportamientos violentos, brutales, sádicos hasta el ensañamiento, violencia física, castigo corporal, humillación, juegos en los que una de las personas puede aparentar ser menor de edad, o ser maltratada, ser racialmente discriminada, ser tratada como un objeto, un animal, despersonalizada, degradada, penetrada contra su voluntad. Uniformes militares, privación de libertad, tortura…

¿Y a qué se debe que el BDSM tenga esa capacidad de incomodarnos, de revolvernos por dentro? Pues a que precisamente esas cuatro letras resumen el conjunto de reglas que algunas personas usamos para sacar a la luz nuestras facetas menos civilizadas.

No es violencia; es un ritual consensuado

Dossie Easton y Janet Hardy mencionan en ‘The New Bottoming Book’ que, dentro del BDSM, resulta especialmente controvertidos los juegos que representan actos horrorosos de nuestro pasado cultural: “Aunque la humanidad tiene un terrible pasado de tortura y genocidio, las escenas que tienen más probabilidades de causar problemas son las del pasado más reciente”.

Y no hay nada más reciente que las violencias que hoy se siguen produciendo, que los casos de malos tratos, agresión o violación por los que hemos pasado. Un material que hay que manejar con cuidado: “Sugerimos un cuidado extremo al negociar y representar estas sesiones, similar al que hemos recomendado para jugar con traumas personales como violación o malos tratos”, alertan Easton y Hardy.

Habrá quien se pregunte: ¿Y por qué hay que tocar esos temas? Pues simplemente porque nuestra sexualidad es así de variada, porque tiene infinitas manifestaciones, porque siempre han estado ahí las fantasías en las que nos hacen o hacemos cosas que nos parecen un tabú inconfesable. Y muchas veces no hay ninguna necesidad de llevarlas a la realidad. Por eso se representan en cine, teatro, arte, cómic, ilustraciones… Por eso necesitamos verlas representadas, en lugar de conformarnos a imaginarlas, como otros mil relatos que vemos contados en todos esos soportes.

Frente al hecho de que tenemos esas fantasías con situaciones inconfesables, ¿qué otra opción tenemos? ¿Negar la excitación que nos producen? ¿Negamos la legitimidad de esas fantasías? ¿Y qué recurso le queda a quien tiene unas fantasías rechazadas socialmente? ¿Recurrir a la terapia? ¿Vamos a mantener la patologización del BDSM a la que hemos asistido durante siglos? Sería una lástima ir en esa dirección, cuando ha ido desapareciendo del catálogo de enfermedades mentales en los países nórdicos europeos: En Dinamarca (1995), Suecia (2009), Noruega (2010) y Finlandia (2011).

Pero siempre da impresión de que no se puede bajar la guardia, de que el BDSM esconde un animal peligroso en su interior, un peligro mayor que el resto. Siempre enciende alarmas cuando lo vemos en literatura, fotografía, arte, pornografía…

Aclara Gayle Rubin: “El sadomasoquismo no es una forma de violencia, sino más bien un tipo de práctica sexual ritual y contractual en que sus practicantes se esfuerzan considerablemente para asegurarse de la seguridad y disfrute de quienes participan. Las fantasías SM incluyen imágenes de coerción y actividades sexuales que pueden parecer violentas para quien no las conoce. Los materiales SM pueden resultar chocantes para quienes no saben de la naturaleza altamente consensuada de la mayoría de los encuentros SM. (…) Sacados fuera de contexto, los contenidos SM pueden ser desagradables para un público no preparado y esa capacidad de chocar ha sido explotada sin piedad en las representaciones anti-porno”.

Y la representación de esas prácticas en la pornografía empeora cuando “una de las propuestas básicas de la postura antipornografía es que la pornografía es violenta y promueve la violencia contra las mujeres”, aparte de que “los materiales SM se han usado como la principal “prueba” de la supuesta violencia del porno en su conjunto”, continúa Rubin.

Con semejante número de mujeres asesinadas cada semana, es indudablemente un asunto crucial: ¿Se debería prohibir toda representación de violencia hacia las mujeres? Rubin diferencia entre la representación de la violencia y la violencia misma: “Centrarse en la pornografía trivializa la violencia real e ignora su gravedad. Las experiencias de ser violada, agredida, golpeada o acosada son dramáticas, terribles y cualitativamente diferentes de los insultos cotidianos, de la opresión diaria. La violencia nunca debe confundirse con experiencias que son sólo perturbadoras, desagradables, irritantes, desagradables o incluso que nos enfurecen. El activismo antipornografía distrae la atención y resta al activismo en asuntos como la brecha salarial, la discriminación laboral, la violencia sexual y el acoso, el reparto desigual de la crianza y el trabajo doméstico, las cada vez más abundantes vulneraciones por parte de la derecha hacia avances feministas que había costado conseguir y varios miles de años de constante privilegio masculino en el trabajo, el amor, cuidados y posesión de las mujeres”.

Y concluye la autora: “Aunque no hay estudios comparativos sobre el tema, yo diría que hay menos imágenes o descripciones de violencia en la pornografía, tomada como un todo, que en las películas, televisión o novelas mainstream. (…) Aunque muchos de esos contenidos tienen sesgo de género, muy pocos son sexualmente explícitos y por lo tanto todos ellos no se verían afectados por ninguna nueva medida legal contra la pornografía. Si el problema es la violencia ¿por qué centrarlo sólo en los medios sexualmente explícitos?”

El BDSM como estrategia comercial

Se sabe que lo sexualmente explícito siempre llama la atención, sea en el activismo, la publicidad o la prensa. Por eso quizá nos resulte más conveniente saber dónde se activan nuestras alarmas y por qué o las tendremos todo el día encendidas.

La publicidad siempre recurre a terrenos donde exista un debate moral para crear polémica y llamar la atención, sean los cuerpos fuera de los cánones estéticos que maneja el resto de la publicidad, sea mostrar comportamientos abiertamente machistas, recurriendo a etiquetas recientes como la asexualidad… O representar, de manera estetizada, escenas de dominación o violencia, como hicieron hace tiempo Calvin Klein o Dolce & Gabbana. Hace décadas el truco para llamar la atención era mostrar un desnudo, ahora es crear polémica.

Lo mismo hizo Erika L James, centrando en el BDSM lo que en un principio era una secuela de ‘Crepúsculo’, para vender millones de ejemplares de ’50 sombras de Grey’. O los programas de televisión que han visto que el desnudo ya no atrae tanta audiencia, pero que saben que incluir fustas, látigos y cuerdas va a volver a llamar la atención.

Pero que se recurra al BDSM para llamar la atención como estrategia comercial no debería confundirnos cuando nos encontramos con las representaciones —sea porno, sean cómics, sean nuestras propias prácticas— de unas fantasías que han sido parte de nuestros deseos desde siempre.

Es la única línea que conviene tener clara en nuestra propia vida: la que separa la representación de la realidad. La que distingue la humillación, ataduras, azotes, como parte de una relación BDSM (con el potencial erótico que tienen a veces las desigualdades de poder) de esas mismas cosas en la vida real, fuera de los códigos de seguridad del BDSM o del juego en privado.

Y más allá de nuestra vida privada, cada vez que nos encontramos con el BDSM conviene recordar que no son representaciones de una violencia que desearíamos que fuera real sino que representan unas situaciones consensuadas de desigualdad de poder, en las que nos permitimos dominar a alguien o que nos domine dentro de unos límites seguros y razonables. Son momentos en que llegamos a un acuerdo para sacar a relucir nuestras facetas menos civilizadas con quienes estamos compartiendo ese rato. Vemos representaciones de la crueldad, nos acordamos del Marqués de Sade y al mismo tiempo nos olvidamos que una inmensa parte de lo que cuenta son sus imaginaciones durante todos los años que pasó en cárcel…

El BDSM, u otros muchos juegos de poder —igual que otras prácticas poco convencionales y habitualmente mal vistas— no es algo que hay que meter en un cajón, porque acabará reapareciendo en nuestra vida por otra parte, de otra manera. Así es el deseo… Seremos mucho más felices haciendo lo que nos apetezca, dejando que surjan esos deseos, encontrando a las personas apropiadas para llevarlos a la práctica y aceptando que son parte de nuestra infinita sexualidad, una nueva faceta que no conocíamos y podemos cultivar. No vamos a ganar mucho volviendo a mandar a terapia toda una serie de prácticas que se han tachado de patológicas toda la vida y que, afortunadamente, poco a poco van consiguiendo salir del sótano donde han tenido que sobrevivir hasta ahora.

Fuente: Pikara 

3 comentarios en “BDSM: ¿nos tiene que alarmar?

  1. Pablo Marmol

    Buen artículo, lástima que no profundice más. Me interesa mucho cómo se aborda la sumisión femenina desde la óptica feminista. Para mí no hay contradicción (al contrario) entre ser mujer sumisa y feminista, u hombre dominante y feminista.
    Pero eso es porque concibo el BDSM como “teatralización” y entiendo que cuando practicamos BDSM estamos en un estado disociado de “realidad de juego” que los niños tienen de forma natural pero que perdemos al hacernos adultos.
    Tan sólo una corrección: la eliminación del BDSM de la lista de enfermedades mentales no es sólo de los países nórdicos. En la última edición del compendio oficial de enfermedades mentales (DSM-5) ya quita el BDSM de la lista de transtornos mentales.
    Besazos

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